MIENTRAS LA COMPETICIÓN DESCANSA

11 08 2022

Una historia inventada. O no.

Eran las 10:22 de la mañana de un domingo. De un domingo cualquiera, de primavera en Bilbao.
Tres minutos más tarde, llegaría el bus urbano que tenía como destino el polideportivo de El Fango, situado en el populoso barrio de Rekaldeberri.
Idoia, una amatxu de alrededor de los cuarenta cumpleaños, acompañaba a sus dos retoños. Uno de ellos, Mikel, estaba eufórico porque ese mismo día cumplía sus primeras 15 primaveras. Su hermano, un par de años menor, manifestaba también su satisfacción por la efemérides y se mostraba contento, exultante. Por dos motivos diferentes: por el cumple y por el evento deportivo que les aguardaba a partir de las 11:00.
Ambos hermanos cubrían sus cabezas con sendas gorras de béisbol. Eran de color azul celeste y las biseras lucían un amarillo vivo. En el centro, se distinguía un precioso logotipo bordado, en el que se podía ver una gran “ese” áurea y mayúscula, sobre fondo azul, atravesada por una “ i ” minúscula, blanca, que en su parte superior y a modo de “punto”, tenía una pelota de béisbol.
Ese logo, era el emblema que representaba al equipo de cabecera de los tres. El club de sus amores, la novena que al aita le había encandilado desde que era un txikillo. El mismo equipo del que, siendo niño y más tarde adolescente, le entusiasmaba pertenecer y vestir su uniforme. Solo aquella desgraciada en forma de grave lesión, estando playeando en un traidor arenal andaluz, le impidió para siempre volver a vestirlo. Nunca más pudo volver a ponerse aquel elegante y moderno uniforme. Atrás, muy atrás en el tiempo quedaba el original, aquel azulón, de tela vaquera rústica, el uniforme de “toda la vida” del equipo de su barrio.
Había nacido y vivido siempre en San Inazio.
Poco después de nacer su hermano Txerra, el aita había fallecido, arrollado por una inoportuna máquina limpiadora de aceras.
Por eso Mikel, no solo ejercía de hermano mayor sino, incluso, de cabeza de familia a sus maduros quince añitos. La noche del sábado le había advertido a su ama que, “mañana iremos los tres, a ver jugar y a aplaudir a nuestro equipo, al equipo del aita, al SANI, que se enfrenta a unos de Valencia…”
10:25. Llega el bus. La parada, a esa hora se encontraba atestada de futuros pasajeros con destinos muy diferentes: La Plaza Nueva, que albergaba como todos los domingos la feria de cromos, las visitas al museo Bellas Artes, o al Guggenheim, o al concurso popular de pesca controlada y sin muerte en los muelles del Arenal, o a las colas del estadio de San Mámés para ver el amistoso internacional de fútbol del Athletic femenino, o…quién sabe a cuáles otros más.
Mikel llevaba sore su bombro un bate de aluminio, Txerra, en su mano, un guante zurdo de béisbol, color azul y amarillo (esos colores…) Idoia, la amá, lo que llevaba era cara de circunstancias, pero también de ilusión. Iba con sus motxuelos a ver un partido del Sani y a pasar, toooda una jornada sentada en unas duras, auqnue acogedoras gradas de cemento del diamante de El Fango.

Gorka, el conductor del bus, al ver aquellas gorras, el bate, el guante y obervar a aquellos sonrientes e ilusionados mocosos, activó de inmediato su memoria y sus recuerdos comenzaron un nostálgico paseo por su mente.
Durante el viaje, alternaba la conducción con sus comentarios de entretenimiento a los jovenzuelos. Les explicó que él había jugado al béisbol de txaval, que muchos de sus amigos y compañeros, que otros muchos conocidos, y algunos otros no tanto, del barrio de San Inazio o Deusto, también habían jugado a ese maravilloso deporte. Que muchos de los hijos de aquellos, siguen praticándolo o simplemete asisten como espectadores, en las gradas del diamante de Rekalde, que…
Gorka, hablaba, hablaba, hablaba…y a punto estuvo de pasarse la parada de la Plaza Elíptica… ¡Ups, por poco!
Pero aquel sobresalto no le impidió seguir narrando sus breves historias, mientras algunos viajeros las atendían en silencio, a la vez que otros, apenados, desalojaban sus asientos al llegar a sus diferetes destinos.
Entre frenazos y acelerones, despistes, dobleplays, outs, flays y carreras anotadas, llegan por fín a la última parada. Fin del recorrido. Entrada principal del polideportivo. En cinco minutos daría comienzo el partido de liga nacional de la máxima división estatal.
Mikel y Txerra estaban a punto de estallar de emoción. Atrás quedaban treinta y cinco minutos de intenso e histórico relato beisbolari. Media hora larga de consejos y amena prédica referida a un deporte en el que, “…a diferencia de otros más brutos y menos lucidos, en los que el físico y los tres palos enfervorecen y engorilan a muchos cabezahuecas –decía Gorka-, el béisbol representa un deporte completo, complejo, estético, precioso, preciosista, elegante, dinámico, largo, entretenido, amable, inteligete, intelectual…como un ajedrez, vaya, (sentenciaba el conducor) pero en el que también se suda y esfuerza, porque hay que batear, correr, regarse en las bases…Y ganar. O no, da igual… al final del partido, todos en fila, se dá la mano a los jugadores del equipo contrario…”
El conductor se reía satisfecho mientras hacía estos últimos cometarios.
Ya, pie en tierra, finalizó su discursillo, dando un último consejo a la circunspecta progenitora:
“No permita que sus muchachos se alejen del béisbol, del deporte más interesante y bello del mundo. Haga como yo, que tengo a mi niña de catorce años y a mi sobrino de la misma edad, apuntados en la Beisbol Eskola del SANI. Mire, ahí está el cartelón enorme que lo anuncia. Hoy disfruten del partido, que tengan un buen día y mucha suerte. Agur.”
Idoia sonrió, respondiendo para sus adentros “mis niños llevan cuatro años practicando y disfrutando en esa escuela de beisbol”
Mikel y Txerra no pudieron oir el epílogo de aquel sermón. Se encontraban sentados ya, escuchando al ampayer que acababa de cantar: “Play”


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Un comentario

11 08 2022
Miguel

Que buena historían para los soñadores del juego del beisbol y no creo que por casualidad, coincida con el día del juego de «El Campo de Los Sueños”

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